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Participación en el mercado laboral como una vía para fomentar el empoderamiento económico femenino en América Latina (parte II)

Autor: 
CIE
Fecha: 
Mar, 08/01/2017

El estudio “Fomentando el empoderamiento de las mujeres mediante su participación laboral”  aborda los factores que inciden en la participación de la mujer en el mercado laboral,  con base en las experiencias de ocho países latinoamericanos: Argentina, Uruguay, Chile, Bolivia, Ecuador, El Salvador, Nicaragua y México. 

En la primera parte de este blog (ver aquí)  se abordó uno de los principales factores: las normas culturales. En esta segunda entrega, se hace referencia a otro factor igualmente importante: la educación y capacitación. 

La educación es determinante para la inserción favorable de las mujeres y hombres en el mercado laboral. Es importante tanto el número de años estudiados o capacitaciones recibidas, así como también el área de estudio y desarrollo profesional que se elige. 

En Latinoamérica, se observan diferencias entre el nivel educativo de los países analizados: este es más alto para países en América del Sur y México (entre 9 y 13 años de escolaridad promedio  para personas entre 25 y 65 años); y más bajo en los centroamericanos (entre 6 y 8 años promedio para el mismo rango de edad). También, la escolaridad difiere entre grupos: esta es más alta entre los más jóvenes; además, es mayor en las poblaciones urbanas que en las rurales.

Entre más años de educación, la mujer tiene más probabilidad de participar en el mercado laboral y de mantenerse empleada. De hecho, de acuerdo con la Encuesta Latinobarómetro , para los países estudiados, más del 30% de las mujeres, en promedio, consideran que la ausencia de educación formal o capacitación es una dificultad que enfrentan en el mercado laboral. 

Dos de las razones principales por las que las mujeres interrumpen sus estudios son el embarazo y matrimonio precoz. El porcentaje de mujeres entre 15 y 24 años casadas o acompañadas ronda desde el 5.9% en Uruguay, pasando por tasas entre el 11% y 17% en Bolivia, Argentina, Chile, El Salvador y México, hasta tasas mayores al 20% en Ecuador y Nicaragua. Además, la tasa de natalidad en adolescentes en los países estudiados ronda desde 57 nacimientos por cada 1,000 mujeres en Argentina hasta 113 en Nicaragua. 

Aun cuando ha habido progreso en educación y se ha cerrado la brecha educacional entre hombres y mujeres, particularmente para aquellos menores de 30 años, la brecha en la participación laboral continúa siendo considerable. Para El Salvador, por ejemplo, la participación laboral para las mujeres es de 51% y del 82% para los hombres. 

Por otro lado, se identifican brechas entre grupos de mujeres con diferente nivel de calificación para todos los países. Por ejemplo, en Uruguay, la participación laboral es de 43.4% para las no calificadas y de 81.6% para las altamente calificadas; en El Salvador, es de 49.2%  y de 65.8% para cada grupo, respectivamente. Solo en Bolivia se da el caso contrario: las no calificadas tienen una participación laboral mayor que aquellas altamente calificadas (76.1% y 61.9%, respectivamente). 

Es de resaltar que, las mujeres entre 18 a 24 años tienen una tasa de participación menor que las de 25 a 54. Por ejemplo, en El Salvador, para el primer grupo es a 39.2% y, para el segundo de 45.9%. Parte de esta inactividad económica se puede deber a que las primeras aún se encuentran en su proceso de formación educativa. Sin embargo, una proporción importante de las jóvenes no está empleada, ni estudiando, ni en otro tipo de capacitación (desde 20% y 21% en Uruguay y Chile, hasta 35% y 42% en El Salvador y Nicaragua). Cabe destacar que esta condición es más predominante en las mujeres que en los hombres. 

Una de las razones más comunes para no participar en el mercado laboral está relacionada con el trabajo doméstico y de cuido el cual, debido a los roles de género establecidos por las normas culturales, se considera responsabilidad principalmente de la mujer.

Por otro lado, las decisiones de especialización y capacitación de las mujeres también están influenciadas por normas culturales y fomentan la división sexual del trabajo. Por ello, para los países analizados, sectores como el de Industria de alta tecnología, construcción, transporte, los cuales son mejor pagados; así como actividades primarias  son eminentemente masculinos. En cambio, se observa mayor presencia femenina en sectores con menor remuneración, tales como comercio, educación y salud, industrias de baja tecnología, y en los servicios domésticos.

Como se describe en el blog anterior (ver aquí), para lograr que las mujeres se inserten en el mercado laboral, es indispensable transformar las normas culturales. Esto incluye promover carreras no tradicionales entre las mujeres a manera de trabajar en sectores más rentables; sin embargo, se reconoce que el cambio de estas normas tomará tiempo. 

También se debe asegurar que las mujeres (y los hombres) puedan acceder a una educación de calidad, al menos hasta la escuela secundaria, pero preferiblemente, hasta un nivel técnico, vocacional o terciario, para que obtengan mejores empleos. Para ello, es necesario ampliar los programas de protección social hasta la educación secundaria, ofreciendo incentivos para permanecer en la escuela y graduarse. Para los que no se encuentran estudiando, se debe promover el uso de sistemas de educación a distancia o en línea; así como programas que mejoren la competencia de mujeres y hombres. Particularmente, se debe tomar especial atención a quienes dejan la escuela a causa de un embarazo o matrimonio precoz. Los programas de protección social deberían incluir disposiciones específicas para este grupo que ofrezcan incentivos para regresar y continuar en la escuela, al menos hasta su graduación de la escuela secundaria, a la vez de ofrecer opciones apropiadas de cuidado de los niños.

Elevar el nivel educativo también tomará tiempo, por lo que se deben utilizar programas para activar la participación de la mujer en el mercado laboral. Para brindar un mayor apoyo a las participantes en los diferentes programas de empleabilidad y emprendimiento, se debe tener conocimiento de las capacidades y limitaciones de cuido que presentan, particularmente de los grupos más vulnerables, y tomarlos en cuenta desde el diseño de estos. También, se debe proporcionar oportunidades de mentorías y generación de redes de contacto como complemento a estos programas. Para evitar la duplicación de esfuerzos y lograr mayores sinergias, se debe asegurar la coordinación entre los diferentes interventores. Además, se debe monitorear y evaluar a los programas desde su inicio, para poder realizar cambios y adecuaciones necesarias de manera oportuna. 

En resumen, como herramientas para lograr el empoderamiento económico de las mujeres a través de la inserción al mercado laboral en mejores trabajos, se debe apostar a: (1) incrementar la educación y capacitación y (2) cambiar las normas culturales, promoviendo la corresponsabilidad en las tareas de cuidado y del hogar entre hombres y mujeres, así como incentivando a las mujeres a elegir carreras no tradicionales que las llevan a trabajos más rentables.

Referencias 

[1]Llevado a cabo por FUSADES para el Overseas Development Institute (ODI) y Southern Voice, como parte de la serie “Stating Strong: los primeros 1000 días de los ODS” y puede ser encontrado en su versión en inglés en: http://southernvoice.org/furthering-womens-empowerment-through-labour-force-participation/ y su versión en español en: http://fusades.org/sites/default/files/Serie_CIE_Marzo2017%20%281%29.pdf

 

[2]Corporación Latinobarómetro, 2015.

 

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