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El reto de financiar la educación en El Salvador

Autor: 
Helga Cuéllar-Marchelli
Fecha: 
Mar, 08/08/2017

Al firmarse los Acuerdos de Paz que dieron por finalizado el conflicto armado en El Salvador, las reformas educativas de la década de los años noventa respondieron a la necesidad de retomar la agenda de desarrollo nacional. La expectativa era transformar la educación de modo que esta pudiera contribuir con la construcción de una sociedad en paz, democrática y próspera. En la actualidad, esta misma aspiración ocurre en un contexto cada vez más global, interconectado y expuesto al cambio climático, con avances científicos acelerados y tecnologías de información y comunicación que acarrean nuevas formas de violencia (ej. ciberacoso y ciberterrorismo). Surge, entonces, la necesidad de desarrollar capacidades para que las personas puedan adaptarse a un mundo cada vez más complejo y vulnerable, por lo que se vuelve necesario actualizar la misión de la educación.

Mientras algunos países avanzan decididamente con la modernización de sus sistemas educativos, otros, como El Salvador, todavía no lo han hecho. Finlandia, por ejemplo, se ha comprometido con lograr alto desempeño invirtiendo 5.7% del Producto Interno Bruto (PIB) en este sector. También enfatiza el aprendizaje de lectura, ciencias y matemática, previene el bajo rendimiento y está comprometido con la calidad y liderazgo de los docentes. En el sistema escolar, predomina el principio de cooperación, por lo que las evaluaciones al desempeño son formativas a fin de detectar a tiempo cómo fomentar los aprendizajes según las necesidades particulares de los estudiantes. En El Salvador, en contraste, pese a múltiples intentos de reforma, la inversión en educación representa apenas 3.4% del PIB, se mantienen brechas de acceso a parvularia y secundaria, baja calidad, poca valoración de la carrera docente y un débil sistema de evaluación. 

La propuesta más reciente para transformar la escuela está siendo impulsada por el Consejo Nacional de Educación (CONED) desde 2016, pero esta aún no tiene eco en la sociedad. La aspiración del CONED es alcanzar la excelencia de la educación. Según el Plan El Salvador Educado (PESE) promovido por este consejo, deberían invertirse US$12,573 millones en diez años para lograr: una escuela libre de violencia, docentes de calidad, atención a la primera infancia, doce grados de escolaridad, educación superior para la competitividad e infraestructura educativa adecuada. Sin embargo, en un país con serias restricciones fiscales, esto requiere una estrategia clara de financiamiento para la educación, que busque una articulación adecuada con la política fiscal, mejorar la eficiencia y eficacia del gasto y movilizar con efectividad recursos provenientes de las instituciones públicas, el sector privado y la cooperación internacional.

La estrategia de financiamiento debería estar sustentada en cuatro principios: 1) equidad, con el objetivo de asignar recursos para ampliar las oportunidades de acceso a la escuela, especialmente a estudiantes de bajos ingresos. 2) Adecuación, para asignar los fondos necesarios para mejorar la provisión de los servicios y universalizarlos. 3) Eficiencia, con el propósito de obtener el mayor desempeño al menor costo, teniendo claridad acerca de cuáles son las prioridades. Y, 4) compromiso con la educación, reconociendo que es un derecho y un eje para promover el desarrollo y la cohesión social.

Mientras en un país desarrollado como Finlandia hay claridad sobre la importancia de la educación y cómo hacerla evolucionar en el tiempo, en El Salvador esto sigue sin concretarse. La política educativa continúa cambiando según el gobierno de turno. Además, aún no se vislumbra suficiente voluntad política para adoptar un plan de largo plazo e invertir de manera sostenible en mejorar la calidad de la educación hasta obtener resultados. Es necesario que los liderazgos políticos, los empresarios y otros actores de la sociedad asuman decididamente la responsabilidad de poner la educación al centro de los debates sobre cómo enrumbar al país por el camino del desarrollo; de lo contrario, el reto de impulsar y financiar la clase de educación que el país necesita se mantendrá postergado.

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